David Rojo
Se lee en una las columnas del atrio de la parroquia de San José del Cabo:
“En 1847 contando con el Jefe Político Don Mauricio Castro (en referencia a San José del Cabo), establece todos los servicios, tales como agua y drenaje…”.
Un año terrible para México, 1847. La invasión de Estados Unidos y la pérdida de la mitad del territorio nacional; Antonio López de Santa Anna dejando el poder presidencial y luego destituido del mando de las fuerzas armadas; Manuel de la Peña y Peña le sustituiría por casi dos meses (del 16 de septiembre al 11 de noviembre) en la presidencia y luego, en noviembre, Pedro María Anaya.
Han pasado 178 años.
Vaya tiempo.
De un año terrible al presente perdido en Los Cabos, 178 después.
“Servicios de agua y drenaje” (en San José del Cabo). Visión y acción en 1847. En 2025, en San José del Cabo el drenaje es obsoleto. Un servicio rezagado.
Y aquel estero josefino todo magnífico y transparente que debió de haber conocido Mauricio Castro hoy es impactado por aguas negras y se le destruye, además, con incendios y la bocana abierta, como sucedió apenas el martes 1 de abril.
En Cabo San Lucas se liberan licencias de construcción para el sector habitacional, pero sin red de drenaje público. El abasto del agua potable es un espejismos para miles de familias.
Así, 1847, Mauricio Castro, establecía servicios de agua y drenaje. La visión y acción respectiva, lamentablemente, con el paso del tiempo se truncarían. En 2025, 178 años después, presente perdido.
Cómo es posible que siga la expansión de la mancha urbana sin estar conectada a la red de drenaje público: con el desarrollo económico, la indolencia política no generó en Los Cabos plantas de tratamiento de aguas residuales.
Gran paso social dado a la mitad del siglo XIX en tierras cabeñas; que condenable agravio social con el acumular de años al concluir el primer cuarto del siglo XXI con desabasto agua y sin drenaje en importantes sectores de la población. Y para rematar con la indolencia política con hasta la destrucción de bello estero josefino en el que debió haber tenido todo majestuoso sus tardes o amaneceres el propio Maurico Castro.
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